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LOS ANTIGUOS REYES MAGOS. Por Daniel C.

Actualizado: 6 ene

Recuerdo con cierta nostalgia como eran nuestros días de los Reyes Magos antes de la Ley Emiliani (Ley 51 del 22 de diciembre de 1983), Ley propuesta por el señor Raimundo Emiliani Román, Costeño, fiestero y por supuesto paseador de tres días, a quien se le ocurrió que muchos rojitos que aparecían a mitad de semana en nuestros almanaques, pasaran a ser rojitos pero el lunes siguiente.


En eses tiempo los Reyes magos llegaban en la misma fecha, ¿Recuerdan como eran? NUESTROS DÍAS DE REYES MAGO. ¿Cuál sería nuestro mayor recuerdo del esos reyes magos llegados fijos el seis de enero?, de seguro contestaríamos lo mismo... EL PASEO.


Los invito a recordar en las siguientes líneas ese día mágico que muchos vivimos:



Todo comenzaba en día anterior con la contratación del vehículo que nos transportaría al lugar de nuestro paseo. El tipo de vehículo dependía de nuestra condición social; por ejemplo, si se trataba de los vecinos de una calle en un barrio de trabajadores petroleros como el Mario Galán Gómez (Barrio Galán) la gente contrataba un bus, salvo la familia Vesga Rojas la de la tienda Mundial 80, pues don Hermes solo tenía que disponer de uno de sus grandes camiones utilizados para repartir cerveza en la ciudad. Si se trataba de una calle como la mía, (donde quedaba el Gachaneque y la carpintería de mi padre en el barrio Palmira, de la Ceiba de trillos camino al puente elevado hoy en día) más bien de escasos recursos, siempre se recurría a nuestro único vecino con vehículo propio: El lechero, un camión tres y medio de estacas más bien viejito, salvo un par de cornetas que utilizaba como pito capaz de sacar corriendo desde el último rincón de nuestras casas a cualquier vecino con una olla en la mano, mientras a su paso escuchaba a toda la familia gritar: ¡Llegó la leche!, ¡llegó la leche!, para salir y comprobar desde la puerta de la casa que el dichoso camión lechero con ese pito tan característico todavía le faltaba como tres calles para llegar. A propósito de la venta de leche en camión, hoy existe un chef multimillonario, gracias por echarle sal a la carne con sudor de su brazo; ¿se imaginan la plata que tendría ese muchacho en camisilla ubicado en la parte de atras del camión lechero quien despachaba nuestra leche mientras su sudor de sobaco caía dentro de la cantina?


Pero bueno, volviendo con el relato del paseo, en mi calle y talvez en muchas de las de ustedes, ya con el camión contratado el día anterior, nuestro seis de enero siempre comenzaba con la misma noticia: El camión no ha querido arrancar. La solución una sola, buscar al costo que fuera un nuevo transporte, pues no existía padre de familia o vecino capaz de dejar a su mujer y suegra con el “chingue” puesto; de hacerlo, su año desde ese día cambiaría para mal, pues se borrarían a partir de allí todos los buenos deseos de esos destacados miembros de la familia. Y siempre aparecía el nuevo transporte haciendo ver al anterior como un formula 1.


Todos subíamos al camión en un estricto orden; Las primeras en subir eran las gallinas que ya habían sido sacrificadas con anterioridad, ollas, platos, vasos, gaseosa, hielo y mil cosas más, eran cargadas en el camón; mientras los jefes de las casas desde muy temprano ingerían su aguardientico y cuya garrafas compradas a don Gustavo del Estanquillo Santander, por supuesto también eran empacadas junto con las tías, mamás, hijos, suegras, Hermanas y primas en el camión... por último los "chachos" del día, los que hicieron posible el paseo, nuestros héroes: Los papás.


Y siempre, cuando el camión ya había avanzado los primeros metros, cuando la alegría desbordaba nuestros corazones, se escuchaba el grito de nuestra madre: —¡Paren, paren… se me quedó la puerta de la casa sin trancar!, grito secundado por el de una de las vecinas que nos acompañaban: —No echaron la sal, y luego de uno de nuestros vecinos a sus hijos: —¿Trajeron la nueva grabadora Sanyo y el casset donde está el disco de Roberto Ruiz?, —Vayan y la traen, ¡y ojalá no me hayan gastado las baterías!


Y así el inicio del paseo se retrasaba una vez más, hasta que nuestra madre volvía diciendo que la puerta de la casa si estaba trancada, la vecina llegaba con la sal, y los hijos del vecino llegaban con la grabadora con el casset donde estaba el disco de Roberto Ruiz y en sus manos cinco baterías de las grandes acabadas de comprar; era en ese preciso momento cuando estaba el camión a punto de arrancar, ya a media mañana de un paseo planeado para salir a las 7:00 am, que nuestro destino planificado el 1 de enero se modificaba:


—Uy no ya está muy tarde para ir hasta allá; mejor vamos por aquí más cerquita.


LOS DESTINOS: Los destinos de nuestros paseos siempre eran los mismos:


a) El Cincuenta o la Llana vía Yarima,

b) La quebrada La Pútana vía a Bucaramanga,

c) El puente o La Chava o Castalia, o Kikelandía en la ciénaga de San Silvestre, y

d) La Laguna del Miedo cera a Yondó y para la cual se debía pasar el camión en ferry.


Para elegir el sitio del paseo, siempre eran considerados estos factores:

1. Donde fuimos la última vez.

2. Si este año estaba o no bonito el sitio según el criterio de un vecino que ya había ido el 1 de enero.

3. La peligrosidad del sitio: Por ejemplo, no recuerdo un paseo a la ciénaga San Silvestre en seis de enero sin que no se ahogara una o más personas; según era informado por Casimiro en la emisora La Voz del Petróleo muy temprano al día siguiente: - En tragedia terminó paseo de una familiar. A propósito ahora recuerdo lo misterioso que siempre me resultó eso de cuando el cuerpo del ahogado no salía a la superficie por quedar enredado en las matas acuáticas, siempre se encontraba por la noche gracias a una veladora que colocaban en el agua sobre un plato plástico: en donde se quedaba inmóvil el plato con la vela, ahí estaba el ahogado… su precisión era de un cien por ciento; los buzos se sumergían y preciso allí encontraba el cuerpo.


Ya rumbo al nuevo destino, varios cantos eran entonados mientras veíamos de reojo a esa vecinita que había flechado nuestro corazón, sin que aún ella supiera, canciones como “Palo, palo, palo, palo bonito, palo es…” o “… Tres elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña…4, 5, 35 elefantes…”, eran parte del repertorio.


Paseo donde no hubiera el picado por de raya en la quebrada La Pútana, donde se usaba como primeros auxilios para calmar el dolor el orín de una mujer virgen, no era paseo... ¿Ustedes se imaginan hoy en día el sufrimiento de ese pobre, mientras se busca a una virgen que lo orinara?


Paseo donde no había alguien cortado con un vidrio en el pie, mientras buscaba leña para el fogón, no era paseo.


Paseo donde uno no viéramos luces de todos los colores en la Laguna del Miedo mientras tragábamos agua y nos hundíamos cada vez más con el lodo de sus orillas hasta el punto de creer que moriría ahogado, no era paseo.


Paseo donde no sufriera nuestro corazón con el desdén de nuestra vecina amada en silencio, viendo como entablaba conversación y se le "caía la baba" por algún muchacho mayor de otro paseo cercano al nuestro, llegados en carros de lujos y con bote propio, no era paseo. Recuerdo que nuestro plan para esa situación era también siempre el mismo... ayudar a cocinar a nuestra vecina casi suegra y decirle de manera "muy casual" que su hija adorada estaba con un hombre mayor desconocido hablando en el monte... La respuesta de nuestra imaginaria suegra era la misma:


—Mijo vaya y dígale a esa "zurrona" que venga a ayudarme, orden que de inmediato acatábamos.


Paseo donde no se tuviera que "empujar" (así le decíamos) al camión que nos transportaba ya de regreso a la casa, no era paseo.


Todo paseo terminaba con la llegada de la noche pues al otro día los adultos trabajaban y nosotros debíamos estudiar. No hay duda ese día de reyes magos era un evento que seguiríamos recordando todos por largo tiempo... bueno, casi todos, menos nuestra vecina amada a quien le habíamos interrumpido su espontáneo romance con el niño rico del otro paseo:


— Bobo pendejo, sapo, llevándole chismes a mi mamá, ¿cree que no me di cuenta?; sin llegar entender lo importante que era para nosotros su pureza, por fortuna no era época de celulares y regaleme su número.


Sin duda esos PASEOS eran muy diferentes a los de hoy, sin celulares o tabletas, solo disfrutando de la naturaleza, la familia y nuestros queridos vecinos.


Feliz día de Reyes


Por: DANIEL E. CAÑAS G.